Mostrando entradas con la etiqueta Claudio Rodríguez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Claudio Rodríguez. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de septiembre de 2025

Claudio Rodríguez


ODA A LA NIÑEZ

   IV 


Y nos lo quitarán todo 
menos estas 
botas de siete leguas. 
Aquí, aquí, bien calzadas 
en nuestros sosos pies de paso corto. 
Aquí, aquí, estos zapatos 
diarios, los de la ventana 
del seis de enero. 
Y nos lo quitarán todo 
menos el traje sucio 
de comunión, éste, el de siempre, el puesto. 
Lo de entonces fue sueño. Fue una edad. Lo de ahora 
es realidad. Esta es la única hacienda, ahora del hombre. 
Y cuando estamos 
llegando, y ya la lluvia 
zozobra en nubes rápidas y se hunde 
por estos arrabales 
trémula de estertores luminosos, 
bajamos la cabeza 
y damos gracias sin saber qué es ello, 
qué es lo que pasa, quién a sus maneras 
nos hace, qué herrería, 
qué inmortal fundición es esta. Y nadie, 
nada hay que nos aleje 
de nuestro oficio de felicidad 
sin distancia ni tiempo. 
Es el momento ahora 
en el que, quién lo diría, alto, ciego, renace 
el sol primaveral de la inocencia, 
ya sin ocaso sobre nuestra tierra. 

sábado, 30 de agosto de 2025

Claudio Rodríguez

ODA A LA NIÑEZ 

    III

Una verdad se ha dicho sin herida, 
sin el negocio sucio 
de las lágrimas, 
con la misma ternura con que se da la nieve: 
ved que todo es infancia. 
La fidelidad de la tierra, 
la presencia del cielo insoportable 
que se nos cuela aquí, hasta en la cazalla 
mañanera, los días 
que amanecen con trinos y anochecen 
con gárgaras, el ruido 
del autobús que por fin llega, nuestras 
palabras que ahora, 
al saludar, quisieran 
ser panales, y son 
telas de araña, nuestra 
violencia hereditaria, 
la droga del recuerdo, la alta estafa del tiempo, 
la dignidad del hombre 
que hay que abrazar y hay 
que ofrecer y hay 
que salvar aquí mismo, 
en medio de esta lluvia fría de marzo. 
Ved que todo es infancia: 
la verdad que es silencio para siempre. 
Años de compra y venta, 
hombres llenos de precios, 
los pregones sin voz, las turbias bodas, 
nos trajeron el miedo a la gran aventura 
de nuestra raza: a la niñez. Ah, quietos, 
quietos bajo ese hierro 
que nos marca, y nos sana, y nos da amo. 
Amo que es servidumbre, bridas que nos hermanan.
 

viernes, 29 de agosto de 2025

Claudio Rodríguez

oda a la niñez

    II

Muchos hombres pasaron junto a nosotros, pero 
no eran de nuestro pueblo. 
Arrinconadas vidas dejan por estos barrios, 
ellos, que eran el barrio sin murallas. 
Miraron, y no vieron; y sus casas, 
aunque tuvieran llave, 
habitaron apenas. Culpa ha sido 
de todos el que oyeran 
sólo el inmenso pulso 
de la injusticia, la sangrienta marcha 
del casco frío del rencor. La puesta 
del sol, fue sólo puesta 
del corazón. ¿ Qué hacen ahí las palmas 
de esos balcones sin el blanco lazo 
de nuestra honda orfandad? ¿Qué este mercado 
por donde paso ahora, 
los cuarteles, las fábricas, las nubes, 
la vida, el aire, todo, 
sin la borrasca de nuestra niñez 
que alza ola para siempre? 
Siembre al salir pensamos 
en la distancia, nunca 
en la compañía. Y cualquier sitio es bueno 
para hacer amistades. 
Aunque hoy es peligroso:mucho polvo 
entre los pliegues de la propaganda 
hay. Cuanto antes 
lleguemos al trabajo, mejor. 
Mala bienvenida la tuya, marzo. Y nuestras calles, 
claras como si dieran a los campos, 
¿adónde dan ahora? ¿Por qué todo es infancia? 
Y ya la luz se amasa, 
poco a poco enrojece; el viento templa 
y en sus cosechas vibra 
un gramo de alianza, un cabeceo 
de los inmensos pastos del futuro. 

jueves, 28 de agosto de 2025

Claudio Rodríguez

Oda a la niñez 

    I

¿Y esta es tu bienvenida, 
marzo, para salir de casa alegres: 
con viento húmedo y frío de meseta? 
Siempre ahora, en la puerta, 
y, aún a pesar nuestro, vuelve, vuelve 
este destino de niñez, que estalla 
por todas partes: en la calle, en esta 
voraz respiración del día, en la honda 
sencillez del primer humo sabroso, 
en la mirada, en cada laboreo 
del hombre. 

Siempre así, de vencida, 
sólo por miedo a tal castigo, a tal 
combate, ahora hacemos 
confuso vocerío por ciudades, 
por fábricas, por barrios 
de vecindad. Más tras la ropa un tiemblo 
nos tañe, y al salir por tantas calles 
sin piedad y sin bulla, 
rompe claras escenas 
de amanecida y tantos 
sucios ladrillos sin salud se cuecen 
de intimidad de lecho y guiso. Entonces, 
nada hay que nos aleje 
de nuestro alto oficio de inocencia; 
entonces, ya en faena, 
cruzamos esta plaza, como si en junio fuera, 
se abre nuestro pulmón trémulo de alba 
y, como a mediodía, 
ricos son nuestros ojos 
de oscuro señorío. 


sábado, 2 de septiembre de 2023

Claudio Rodríguez

Yo me pregunto a veces si la noche
Yo me pregunto a veces si la noche
se cierra al mundo para abrirse o si algo
la abre tan de repente que nosotros
no llegamos a su alba, al alba al raso
que no desaparece porque nadie
la crea: ni la luna, ni el sol claro.
Mi tristeza tampoco llega a verla
tal como es, quedándose en los astros
cuando en ellos el día es manifiesto
y no revela que en la noche hay campos
de intensa amanecida apresurada
no en germen, en luz plena, en albos pájaros.
Algún vuelo estará quemando el aire,
no por ardiente sino por lejano.
Alguna limpidez de estrella bruñe
los pinos, bruñirá mi cuerpo al cabo.
¿Qué puedo hacer sino seguir poniendo
la vida a mil lanzadas del espacio?
Y es que en la noche hay siempre un fuego oculto,
un resplandor aéreo, un día vano
para nuestros sentidos, que gravitan
hacia arriba y no ven ni oyen abajo.
Como es la calma un yelmo para el río
así el dolor es brisa para el álamo.
Así yo estoy sintiendo que las sombras
abren su luz, la abren, la abren tanto,
que la mañana surge sin principio
ni fin, eterna ya desde el ocaso.


DON DE LA EBRIEDAD | CLAUDIO RODRIGUEZ | Casa del Libro

domingo, 21 de mayo de 2023

Claudio Rodríguez

Mientras tu duermes

Cuando tú duermes
pones los pies muy juntos,
alta la cara y ladeada, y cruzas
y alzas las rodillas, no astutas todavía;
la mano silenciosa en la mejilla izquierda
y la mano derecha en el hombro que es puerta
y oración no maldita.

Qué cuerpo tan querido,
junto al dolor lascivo de su sueño,
con su inocencia y su libertad,
como recién llovido.

Ahora que estás durmiendo
y la mañana de la almohada,
el oleaje de las sábanas,
me dan camino a la contemplación,
no al sueño, pon, pon tus dedos
en los labios,
y el pulgar en la sien,
como ahora. Y déjame que ande
lo que estoy viendo y amo: tu manera
de dormir, casi niña,
y tu respiración tan limpia que es suspiro
y llega casi al beso.
Te estoy acompañando. Despiértate. Es de día.

lunes, 23 de enero de 2023

Claudio Rodríguez

Qué distinto el amor es junto al mar
que en mi tierra nativa, cautiva, a la que siempre
cantaré,
a la orilla del temple de sus ríos,
con su inocencia y su clarividencia,
con esa compañía que estremece,
viendo caer la verdadera lágrima
del cielo
cuando la noche es larga
y el alba es clara.

Nunca sé por qué siento
compañero a mi cuerpo, que es augurio y refugio.
Y ahora, frente al mar,
qué urdimbre la del trigo,
la del oleaje,
qué hilatura, qué plena cosecha
encajan, sueldan, curvan
mi amor.

El movimiento curvo de las olas,
por la mañana,
tan distinto al nocturno,
tan semejante al de los sembrados,
se va entrando en
el rumor misterioso de tu cuerpo,
hoy que hay mareas vivas
y el amor está gris perla, casi mate,
como el color del álamo en octubre.

El soñar es sencillo, pero no el contemplar.
Y ahora, al amanecer, cuando conviene
saber y obrar,
cómo suena contigo esta desnuda costa.

Cuando el amor y el mar
son una sola marejada, sin que el viento nordeste
pueda romper este recogimiento,
esta semilla sobrecogedora,
esta tierra, este agua
aquí, en el puerto,
donde ya no hay adiós, sino ancla pura.