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miércoles, 9 de septiembre de 2015

Nuno Júdice

COSAS
Aristóteles nunca tomó café.
Platón nunca comió feijoada a la brasilera.
Alejandro nunca ordenó cuscús en Alejandría.
Cleopatra nunca vistió Dior.
César nunca usó un Rolex de oro.
Brutus nunca disparó un revolver.
San Agustín nunca tomó lexotanil.
Carlo Magno nunca leyó a Freud.
Marco Polo nunca tomo un avión.
Lorenzo de Médicis nunca condujo un Ferrari.
Erasmo nunca simpatizó con Choucroute.
Lutero nunca hizo yoga.
Yo tampoco.

 

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Nuno Judice

Cómo se hace el poema
Para hablar del mejor modo de hacer un poema,
la retórica no sirve. Se trata de algo simple, que no
precisa de retóricas ni fórmulas. Se toma
una flor, por ejemplo, pero que no sea de esas flores que crecen
en medio del campo, ni de las que se venden en tiendas
ni mercados. Es una flor de sílabas, en que los
pétalos son las vocales y el tallo una consonante. Se pone
en el jarro de la estrofa y se deja estar. Para que no muera,
basta el pedazo de primavera en el agua que va a
buscar la imaginación en un día de lluvia,
o el que entra por la ventana cuando el aire fresco
de la mañana llena el cuarto de azul. Entonces,
la flor se confunde con el poema, pero todavía no es el poema.
Para que nazca, la flor precisa encontrar colores más naturales
de los que la naturaleza le dio. Pueden ser los colores de tu
rostro –su blancura, cuando el sol se vierte en ti–,
o el fondo de tus ojos en que todos los colores de la vida
se confunden con el brillo de la vida. Después
dejo esos colores sobre la corola, y los veo descender
hacia las hojas como la savia que corre por los
velos invisibles del alma. Puedo, entonces, tomar la flor,
y lo que tengo en la mano es este poema que me diste.




sábado, 12 de abril de 2014

Nuno Judice(Portugal)

Si quieres hacer azul
Si quieres hacer azul,
agarra un trozo de cielo y mételo en una olla grande,
que puedas llevar al fuego del horizonte;
después mezcla el azul con sobras de rojo
de la madrugada, hasta que se deshaga;
vacía todo en un bacín bien limpio,
para que no quede nada de las impurezas de la tarde.
Finalmente, criba los restos de oro de la arena
del mediodía, hasta que el color se adhiera al fondo de metal.
Si quieres, para que los colores no se desprendan
con el tiempo, deposita en el líquido un corazón de melocotón quemado.
Lo verás deshacerse, sin dejar señal de que alguna vez
allí lo pusiste; y ni el negro de la ceniza dejará restos de ocre
en la superficie dorada. Puedes, entonces, levantar el color
hasta la altura de los ojos, y compararlo con el azul auténtico.
Ambos colores te parecerán semejantes, sin que
puedas distinguir entre uno y otro.
Así lo hice – yo, Abraham ben Judá Ibn Haim,
iluminador de Loulé – y dejé la receta a quien quisiera,
algún día, imitar el cielo.