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jueves, 12 de septiembre de 2024

Dorothea Tanning

Como si nadie pudiera
advertirlo al principio.
me he entregado al prodigio
ante los árboles de nuestro parque.
Sólo una cosa puedo decirte:
son grandiosos
y lo saben.
Mujer saludando a los árboles

También están exhaustos,
cientos de años
atrapados en el mismo sitio:
grandiosos paralíticos.
Cuando estoy debajo,
sienten mi mirada,
observan cómo agito mi loca
mano, y envidian mi alegría
de ser un blanco móvil.

Los perezosos en los bancos
comienzan a notarlo.
Uno al otro se dicen:
“Las cosas que hay que ver…”
La mayoría de ellos mira
abajo hacia la nada como si no hubiera
en verdad nada más para
mirar hasta que aparece
esa mujer saludando a lo alto
hacia las ramas
de los viejos árboles. Levanten sus
cabezas, amigos, miren arriba
pueden ver más
de lo que creían posible,
arriba donde algo puede
devolverle el saludo, para decirle
que ella ha visto lo magnífico.



martes, 20 de septiembre de 2022

Olga Orozco

VUELVE CUANDO LA LLUVIA


Hermanas de aire y frío, hermanas mías: 
¿cuál es esa canción que se prolonga por las ramas y rueda contra el vidrio? 
¿Cuál es esa canción que yo he perdido y que gira en el viento y vuelve todavía?
Era lejos, muy lejos, en las primeras albas de un jardín custodiado por ángeles y ortigas.
Cantábamos para siempre la canción. 
Cantábamos nuestra alianza hasta después del mundo. 
Era hace mucho tiempo, hermana de silencios y de luna. 
Era en tu adolescencia y en mi niñez más tierna, 
cuando apenas te habías asomado a las sinuosas aguas del amor, que te apresaron pronto, 
y aún te vestías contra nuestro candor con el muestrario de las apariciones:
la novia fantasmal, el alma en pena o la mendiga loca; 
pero al día siguiente eras la paz y el roce de la hierba. 
Cuando te fuiste, faltó el cristal azul en la canción. 
Era hace mucho tiempo, hermana de aventuras y de sol. 
Yo era la más pequeña y seguía tus pasos por sitios encantados 
donde había tesoros escondidos en tres granos de sal, 
un ojo de cerradura enmohecida para mirar el porvenir más 
bello y un espejo enterrado en el que estaba escrita la palabra del supremo poder. 
Tú inventabas los juegos, las tentaciones, las desobediencias. 
Fueron tantos los años compartidos en fiestas y en adioses 
que se trizó en pedazos la canción cuando tu mano abandonó la mía. 
Hermanas de ráfaga y temblor, hermanas mías, 
las escucho cantar desde las espesuras de mi noche desierta. 
Sé que vuelven ahora para contradecir mi soledad, 
para cumplir el pacto que firmó nuestra sangre hasta después del mundo, 
hasta que completemos de nuevo la canción.


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On Avalon, Dorothea Tanning