domingo, 14 de septiembre de 2025

Miguel d'Ors

Insisto

Mi vida: tantos días
que no estuve en El Cuzco
ni en Siena ni en Grenoble,
tantos aviones rubricando el cielo
en los que yo no iba, tantas voces
cuyo calor jamás
tocó mi corazón.
Sólo el tiempo, vacío,
sólo el tiempo, esta estepa
desesperada, sólo
ver los martes, los miércoles, los jueves,
ver cómo se suceden, implacables,
los tubos de Colgate
.


 


viernes, 12 de septiembre de 2025

Anne Carson

LOS PREDILECTOS DE DIOS PERMANECEN FIELES

El Caos nos eclipsa.
Dolor crudo se cierne sobre nosotros.
Somos asfixiados por amarga luz.
Nuestros huesos se agitan como ramas.
Nos rompemos.
Buscamos a ciegas.
Estamos secos y jadeamos.
Nuestras lenguas son oscuras.
Días interminables.
Interminables noches.
La piel se arrastra, se quiebra.
Nuestra habitación es un felino que juega con nosotros.
Nuestra fe es una soga.
Ponemos nuestra propia carne en nuestros dientes.
El otoño nos mueve como a paja a través de los prados.
Hemos sido separados y caemos.
Colgamos sobre un vacío.
Nos destrozamos sobre el océano.
Nos fundimos en la negrura.
Nos han abierto y drenado.
Lo insignificante nos bebe.
Mentimos sin disimular.
Somos polvo.
No sabemos nada.
No tenemos respuestas.
No hablaremos más.
PERO NO NOS DETENDREMOS.
Porque somos los predilectos.
Hemos sido instruidos para llamar a esto amor.


Rosario Castellanos

Apelación al solitario

Es necesario, a veces, encontrar compañía.

Amigo, no es posible ni nacer ni morir
sino con otro. Es bueno
que la amistad le quite
al trabajo esa cara de castigo
y a la alegría ese aire ilícito de robo.

¿Cómo podrás estar solo a la hora
completa, en que las cosas y tú hablan y hablan,
hasta el amanecer?

jueves, 11 de septiembre de 2025

José Watanabe

LA PIEDRA DEL RÍO

Donde el río se remansaba para los muchachos
se elevaba una piedra.
No le viste ninguna otra forma:
                sólo era piedra, grande y anodina.

Cuando salíamos del agua turbia
trepábamos en ella como lagartijas. Sucedía entonces
algo extraño:
                el barro seco en nuestra piel
acercaba todo nuestro cuerpo al paisaje:
                el paisaje era de barro.
En ese momento
la piedra no era impermeable ni dura:
                era el lomo de una gran madre
que acechaba camarones en el río. Ay poeta,
otra vez la tentación
                de una inútil metáfora. La piedra
era piedra
y así se bastaba. No era madre. Y sé que ahora
asume su responsabilidad: nos guarda
en su impenetrable intimidad.

Mi madre, en cambio, ha muerto
                y está desatendida de nosotros.

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Mark Strand



Cazando ballenas


Cuando las manchas de plancton
bullían hacia la bahía de Santa Margarita
y las playas se coloreaban de rosa,
desde la casa, en la loma,
vimos comer a las ballenas,
embrollando las redes
en su juego,
y las jorobas de las espaldas
elevarse en saltos limpios
sobre las vastas praderas del océano.

Día tras día
encerrados, esperamos la desaparición
del plancton putrefacto.
Su olor inundaba incluso al viento
y los bueyes parecían atontados
al traer la paja desde la falda
de nuestra colina.
Pero el plancton seguía entrando
y las ballenas no se iban.

Fue cuando comenzó la cacería.
Los pescadores se embarcaron
y persiguieron a las ballenas,
y mi padre y mi tío
y también los niños fuimos.
La espuma de nuestra estela se hundía pronto
en el agua agitada por el viento.

Las ballenas salieron allí cerca.
Sus frentes eran inmensas,
las puertas de sus caras estaban cerradas.
Antes de hundirse alzaron
sus colas en el aire
y las abatieron golpeando.
Hacían espumear el mar,
tras ellas se abrían
caminos brillantes.

 Aunque no vi sus ojos
los imaginaba
como los de los enlutados,
brillantes, llorosos,
mirándonos, alejándose
bajo sábanas de sal oscureciendo.

Paramos el motor y esperamos
que las ballenas salieran nuevamente;
el sol se ponía
pintaba de salmón fastuoso las playas empedradas.
Un viento frío nos azotaba la piel
y cuando por fin oscureció
y parecía que las ballenas se habían retirado
mi tío, ya sin miedo,
disparó, sin apuntar, al cielo.

Tres millas mar adentro
en la fluida oscuridad,
bajo los sorprendidos ojos de la luna,
el motor no encendía
y regresamos en un pequeño bote.
Mi padre tuvo que traernos
encorvado sobre los remos. Lo veía
arrebatado por el esfuerzo, bogando
contra la marea, el pelo abrillantado por la sal.
Vi la luz de la luna derramarse levemente
y volar sobre sus hombros
y el mar y la brisa
súbitamente plateados.

No habló en todo el trayecto.
Al acostarme a medianoche
imaginé a las ballenas
debajo de mí
deslizándose sobre las lomas
enyerbadas de las profundidades;
sabía dónde estaba y me atraían,
hacia abajo y hacia abajo
de las aguas susurrantes
del sueño.


Silvina Ocampo

Castigo

Transformará Minerva tus cabellos
en serpientes y un día al contemplarte
como en un templo oscuro, con destellos,
seré de piedra, para amarte.

lunes, 8 de septiembre de 2025

William Carlos Williams

 La flor amarilla


Si debo hablar, ¿qué diré?
                ¿Qué he encontrado cura
                               para los enfermos?
No hallé ninguna 
                cura,
                               más que esta flor torcida:
con solo
                mirarla
                               los hombres sanan.
Es a esta flor
                a la que todos cantan
                               secretamente
sus himnos. ¡Esta es aquella
                sagrada
                                flor!

Y ¿cómo es posible?
                ¿Una flor retorcida
                               y oscura? Es una
flor de mostaza,
                y aun menos:
                               apenas un ramillete
sobre el tallo deforme
                y de hojas carnosas,
                               detrás del vidrio,
en este tiempo helado.

Una flor desgarbada
                e impropia
                               del clima;
¿cómo es que ha
                conseguido tenerme
                               aquí, boquiabierto
inmóvil frente a esta ventana,
                en medio del frío,
                               sin más
voluntad, sin ojos
                para que no sean
                               sus torcidos
pétalos amarillos    .    ?

Que esta apariencia
                aunque extraña
                               para mí
es común está claro:
                existen flores como esta,
                               con hojas así, que crecen
en sus climas
                originarios.

Y entonces, ¿por qué la tortura
                y la fuga a través
                               de la flor? Es como si
Miguel Ángel
                hubiese tomado de ella   
el tema de sus Esclavos
—y quizás así fue.
                Y ¿no hizo él
                               florecer el mármol?
Estoy triste
                como lo estaba él
                               a su manera heroica.
Pero además
                tengo ojos
                               para ver  
y si bien presienten mi ruina
                y la de todo
                               lo que amo, descubren
también
                en mis ojos
                               y mis labios
y mi lengua el poder 
                para liberarme
                               y para hablar de ello, igual
que Miguel Ángel, en sus manos,
                notó un poder similar
                               si bien mayor.

En suma, he ahí los
                torturados cuerpos
                               de
los esclavos y
                el torturado cuerpo
                               de mi flor
que no es siquiera una flor de mostaza
                sino apenas una flor irreconocible
                               y extraña
que yo he de naturalizar
                y aclimatar
                               y hacer mía.