Dos almas, ay, habitan en mi pecho
y quieren una de otra separarse;
una, con recio afán de amor, se aferra
al mundo, con sus miembros abrazados;
otra, fuerte, se eleva desde el polvo
a los campos de los nobles abuelos.
¡Ah, si es verdad que hay por el aire espíritus
que urden y reinan entre cielo y tierra,
descienden desde la áurea neblina
y me lleven a vida nueva y varia!
¡Ah, si tuviera yo un manto encantado
que hacia tierras extrañas me llevase!
Sería para mí la mejor gala;
por un manto de rey no lo cambiara.
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